sábado, 14 de mayo de 2016

a propósito de Chance the Rapper


I dont' make songs for free
I make them for freedom
Don't believe in kings

Hace varios años, determinado episodio de Reflexiones de repronto me hizo pensar en la inexistencia de una auténtica cinematografía de izquierdas fuera de los países en los que ha triunfado esa ideología (y tampoco estoy seguro en este caso, el cine soviético o cubano son lagunas que comparto con casi cualquier occidental). Existen muchísimos ejemplos de cine realizado por izquierdistas más o menos radicales de carácter maoista o marxista-leninista (el cine de autor europeo de los 60 con Antonioni, Godard, Pasolini y un larguísimo etcétera son los menos sutiles) pero en muy pocas ocasiones estas películas apelan a un público generalista tanto como a la llamada gauche divine, la izquierda burguesa e intelectual. Algunos títulos que se me vienen a la mente de cine sobre el noventa y nueve por ciento que realmente disfruta (o tiene potencial de ser disfrutado por) el noventa y nueve por ciento son Están vivos, de Carpenter, Rompenieves (creo que todo el mundo la conoce como Snowpiercer, pero bueno) de Bong Joon-ho y estaría dispuesto a argumentar que es una corriente más de moda que nunca gracias a las películas de Marvel.

Pero mi favorita sería, casi sin lugar a dudas, Rebobine, por favor, la película de Michel Gondry (más famoso por ¡Olvídate de mí! o por sus geniales videoclips) protagonizada por Jack Black y Mos Def. En ella aparece un videoclub de Nueva Jersey, una especie de institución del barrio, que se ve abocado a la ruina al no haber sabido trasladar adecuadamente su catálogo al DVD y ante el acoso y derribo de las grandes compañías que coparon el mundo del videoclub hasta hace bien poco. Además de esto, durante una ausencia del jefe, el mejor amigo del regente del establecimiento borra por accidente el contenido de todas las cintas de vídeo. Intentando que todo parezca normal, y aprovechando el escasísimo tráfico de clientes, deciden regrabar las películas con medios caseros y ellos mismos como protagonistas. Pronto, como es lógico, el engaño se destapa, pero lejos de provocar ira en los consumidores, se ven atraídos en masa hacia esas ingeniosas versiones hasta llegar a oídos de los estudios cinematográficos, que se unen para reclamar una millonaria retribución en concepto de derechos de autor. Ante la imposibilidad de pagar la demanda (y el inminente desahucio del videoclub), al personaje de Mos Def se le ocurre realizar un largometraje original sobre la vida del pianista Fats Waller (que, según falsas leyendas, había nacido en ese mismo establecimiento) con la colaboración de todo el barrio.

El tema de Rebobine, por favor es, mayormente, el amor al cine, pero no hace falta indagar mucho para encontrar ideas sobre la comunidad versus malvadas multinacionales sin rostro, la capacidad (y hasta la obligación) de la gente común de crear sus propias narrativas e iconos e incluso la desestimación del concepto individualista de "autor" cinematográfico para pasar a una aproximación a la obra desde un punto de vista colectivo.

No sé si Chance the Rapper es mi rapero actual favorito, pero desde luego es el que más me interesa. Al igual que el cine, el hip hop es un medio extraordinariamente masivo en el que las conductas de derechas son exaltadas (comparte el dinero como fin último y el sueño del emprendedor que empezó desde abajo con el neoliberalismo más feroz) y donde un pensamiento divergente es casi imposible de encontrar. No diré que Chance the Rapper es de izquierdas porque, a decir verdad, desconozco la profundidad de sus ideas políticas (o si las ha compartido con el público); creo que, en cierta manera, podría ser descrito como "populista" si esta palabra todavía tuviese sentido.

Chance the Rapper se ha negado a seguir el camino marcado por el rap nortemericano, esto es, sacar una o dos maquetas, ser fichado por una discográfica y hacerte millonario antes de cumplir los veinte. Después de sacar dos mixtapes, 10 Days y Acid Rap (que apareció en la lista de mejores discos del año en AV Club, así es como yo lo conocí, que nadie se piense que sé algo de nada) de gigantesco éxito de crítica y público, decidió juntarse con un enorme grupo de jóvenes artistas de su Chicago natal para hacer música, un grupo llamado Donnie Trumpet and the Social Experiment. Chance, a pesar de ser la estrella, decide alejarse del nombre para dar paso a Donnie Trumpet (el ideólogo) y al Social Experiment (el colectivo). ¿El resultado? Un disco, Surf, y al menos una auténtica gran canción.


Actualmente se encuentra en el pico más alto de su fama -después de haber participado en tres canciones, incluyendo mi favorita de este año Waves, del último disco de Kanye West (que le culpó, y luego agradeció, del retraso que tuvo el álbum), su campaña para conceder mantas y asilo a los sintecho de Chicago durante el invierno, la aparición en el Saturday Night Live como el primer rapero independiente que pasa por ahí y su reciente reunión con el presidente Obama- y esto se puede apreciar en su más reciente trabajo, Coloring Book, donde colabora gente como Lil Wayne, 2 Chainz, Young Thug, Future, T Pain, Justin Bieber o el mismo Kanye West. Como toda la música que ha hecho hasta ahora, Coloring Book se puede descargarse completamente gratis por Internet, una decisión que le hace imposible ser nominado a un premio Grammy, aunque, como dice en Ultralight Beam, parece que ve más factible hacer música tan buena como para que la Academia modifique las reglas que cambiar él su modelo de distribución.

Tanto en Rebobine, por favor como en Chance the Rapper podemos ver la voluntad de un cambio social mediante la comunidad a un nivel local y a través de actos mínimos. Esto ya no es ni siquiera izquierda, es intentar ayudar a otros seres humanos.

jueves, 12 de mayo de 2016

a propósito de Papa Razzi and the Photogs


Una de las cosas más maravillosas de la vida en el 2016 es la disposición de casi todo el mundo (y es una cifra que no para de aumentar) a Internet. Otra de las mejores cosas es que en ese grupo de personas se incluyan tantísimos dementes. Hace un par de años descubrí de casualidad, buscando en Spotify una playlist de Open Culture que incluía las canciones de las películas de Wes Anderson, llegué a una canción llamada My Song About Wes Anderson, incluida en el álbum Finally! A Bunch of Songs About Movie Directors de una misteriosa banda llamada Papa Razzi and the Photogs.

Finally! A Bunch of Songs About Movie Directors es un disco de ochenta y tres canciones dedicadas a distintos directores de cine de las cuales solo cinco (Nolan, Fincher, Garry Marshall, Apatow y Woody Allen) superan los dos minutos. En ellas podemos apreciar a un hombre con un particular estilo para cantar y un piano. Investigando un poco la página de Spotify de Papa Razzi se descubren decenas de discos de alrededor de las ochenta canciones sobre personas famosas (en 2014 sacó un disco llamado U.S. Senators), pero esto es solo el principio. El hombre detrás de Papa Razzi and the Photogs es Matt Farley y en su web presume de haber escrito más de dieciocho mil canciones. Otros seudónimos que ha adoptado a lo largo de su carrera musical incluyen The Hungry Food Band (con canciones sobre comida), The Singing Animal Lover (sobre animales), The Guy Who Sings Your Name Over and Over, The Odd Guy Who Sings About Poop, Puke and Pee, The Paranormal Song Warrior y un largo etcétera. Además, ha dirigido varios largometrajes que aún no he podido disfrutar, muchos de los cuales pueden verse en Youtube.

Está claro que Matt Farley es una persona extremadamente creativa pero también es un interesante hombre de negocios. Su método de escribir canciones sobre absolutamente todo parte, al parecer, del hecho de que la gente busca cosas que le gustan en iTunes; si estás dispuesto a comprar una canción sobre algún interés tuyo, lo más probable es que Farley haya escrito sobre ello. El año pasado estableció el tres de junio (su cumpleaños) como el día oficial de Motern Media (su empresa) y sugiere celebrarlo escuchando una playlist de seis horas con sus doscientas mejores canciones. Cada vez que alguien escucha la lista entera él gana un dólar y el año pasado completaron el reto trescientas cincuenta personas.

Afirma que si para 2018 (cuando haya escrito veinte mil canciones) no ha conseguido "serious money" abandonará la música pero pese a su juventud habrá dejado un legado mucho mayor y más interesante que lo que podremos hacer cualquiera de nosotros.


domingo, 8 de mayo de 2016

a propósito del SOS 4.8 2016



1. YO FUI UN VOLUNTARIO POSADOLESCENTE



Ya que la organización del SOS no consideró Movidas un medio lo suficiente apto como para concederme una acreditación de prensa que me permitiese asistir de forma "gratuita" al festival (como si este tiempo que dedico a redactar la crónica no costase dinero), decidí presentarme como voluntario a través de la Universidad de Murcia a cambio de una pulserita rosa bastante más bonita que la del abono convencional, una camiseta rosa con un "VOLUNTARIO" (cambiado por "VOLUNTARIⒶ" por unas cuantas voluntarias de tendencias, intuyo, anarquistas y/o feministas) blanco en el pecho que todavía no sé si es lícito usar en mi vida cotidiana (se agradece la opinión vía comentario en el blog o conversación más o menos tradicional), unas gafas de sol de Estrella Levante de montura plástica imitando el color de la madera, una bolsa de tela promocional de ecoembes y un par de bocatas bastante sosos (y quince horas de trabajo).

Dado todo el tiempo que pasé con mi labor de voluntario, quizás debería fingir que fue una fiesta, me lo pasé genial y recomiendo a todo el mundo que siga mis pasos cuando le sea posible, pero tengo prohibido mentir en este blog. El trabajo es una lacra y espero que de aquí a diez años haya sido erradicado por completo y si no ha sido una experiencia desagradable ha sido por lo reconfortante que puede resultar ser incompetente. 

Mi primera jornada consistió en colocar pulseras a la gente. Desde ahí saboteé como pude a la organización a través de abonos lo suficientemente sueltos como para pasarlos a otros seres humanos sin excesiva dificultad y consejos más bien inútiles sobre esconder comida y bebida. Una señora mayor que fumaba un cigarro electrónico se puso a ligar conmigo (yo me dejé querer, obviamente, estaba aburrido), me dieron besos un montón de hombres borrachos, convencí a mis superiores de que tenía un tabaquismo extremo para escaquearme de vez en cuando con la excusa de tener que saciarlo y oí a una chica decir, sin un ápice de ironía, "la que he liao, pollito". Me colocaron al lado de un estudiante de derecho de intereses más bien metaleros bastante simpático que me ofreció un puesto de bajista en su grupo (seguiremos informando) y, según mis cálculos rudimentarios, coloqué una pulsera cada cinco minutos. La segunda fue más interesante, se basó en colocar pegatinas en contenedores, entregar bolsas de basura a las carpas donde sirven bebidas, observar fijamente a Blonde Redhead mientras ensayaban y quejarme mucho, junto a mi querida compañera estudiante de turismo, de todo lo que habíamos tenido que trabajar y lo tarde que nos hacían salir.

Mi conclusión personal es que si tenéis dinero no hagáis el gilipollas como yo y compraos la entrada y disfrutad de 48 horas de música, arte y sostenibilidad de la forma más sana que podáis. Si no os apetece el gasto, el voluntariado es una alternativa guay. Yo soy, con diferencia, la persona que peor se lo pasó de todas con las que hablé y hasta a mí, tan vago y tan mustio, me pareció una experiencia interesante.

2. BREVÍSIMAS RESEÑAS DE DETERMINADOS CONCIERTOS




Belize 
No había escuchado su música antes ni tengo mucho interés en hacerlo después pero me pareció bastante divertida su actuación. Contaron con el factor "concierto de día", que a mí me parece terriblemente estético. Una desconocida me dijo más adelante que me parezco al cantante así que se llevan el premio ~movidas~ al grupo más guapo del festival.

CHVRCHES
Amo con todo mi corazón su primer disco y creo que no han conseguido el éxito que merecen a nivel popular. Para mí, en un mundo en el que las cosas fueran bien, varias canciones suyas serían tan conocidas como Kids de MGMT u otros hitos del tecnopop alternativo. Los tres miembros llenaron un escenario en el que cabe toda la población andorrana y mi única queja es que me di cuenta de que sus canciones son mucho menos bailables de lo que me parecían en mi cabeza. ¡La culpa es mía!

Matt and Kim
Su compromiso con divertir a la gente y alejarse de los códigos más estrictos del indie sampleando y versionando grandes éxitos de la música de baile contemporánea es admirable. Hay que amar a los grupos de dos personas.

Addictive TV
Está guay para el desfase, no sé si hacen otra cosa aparte de venir al SOS. (Recomiendo echarle un ojo a sus vídeos de Youtube porque es bastante interesante)

The Suicide of Western Culture
El momento más combativo de todo el festival, dos tíos haciendo ruidos sin parar con un montaje de vídeo de temática guerracivilista. Me da la impresión de que esta gente comparte mi ideología de que el noise es el camino más corto al misticismo y su concierto se me hizo extremadamente corto.

Blonde Redhead
Decepcionante.

Amaral
Un gran concierto por parte de gente muy profesional y muy talentosa que a mí, en general, me da un poco igual.

Triángulo de Amor Bizarro
Este grupo es la razón por la que soy incapaz de meterme con los grupos de fans de Gemeliers o similares. Su discografía, llena de imágenes y texturas que resuenan de forma muy intensa en mí por razones mutables ("llevar navaja siempre es conveniente" me recuerda a cuando vivía en Madrid y guardaba siempre una navaja porque mi padre me lo había recomendado así, El fantasma de la transición es, simplemente, la canción que mejor ha entendido cómo es mi persona en momentos determinados de mi vida) representa para mí la abstracción y la Verdad que, intuyo, poseen determinados textos religiosos para otras personas y, aunque su setlist estuviese empeñada en tocar algunas de mis canciones menos favoritas del último disco, su directo es, como mínimo, igual de potente, salvaje y sensible que el de hace dos años, la última vez que vinieron por aquí. De verdad que no sé cuánto tiempo hacía que no estaba tan bien en un sitio.

jueves, 28 de abril de 2016

a propósito de los twits de Javier Olivares


Cuando estrenaron El ministerio del tiempo, en febrero del 2015, parecía que si eras un aficionado a los viajes en el tiempo, las aventuras y la historia y te gustaba la televisión como medio para contar historias (o si, directamente, eras fan de Doctor Who) había que verla como una especie de militancia. Los espectadores españoles nos vemos obligados en varias ocasiones a consumir determinados productos de limitada calidad por ver si así se hacen más, a mí me suele pasar con las series que parecen tener una factura similar a la de la BBC y las películas de ciencia ficción patrias; esto me ha hecho ver cosas que quedan tan lejos de mí como Víctor Ros o EVA. El ministerio del tiempo, sin embargo, pareció fascinar rápidamente a un determinado sector del público que no suele verse respetado por la televisión nacional, incluyéndome yo mismo. Con sus numerosos defectos (personalmente, la duración de 70 minutos me parece excesiva), la serie nos ha dejado unos personajes interesantes, algunos capítulos brillantes como el de la Generación del 27 o -especialmente- el dedicado al Cid y unas posibilidades casi ilimitadas para el futuro próximo.

Sin embargo, el fandom es el fandom y, como en aquel capítulo de Futurama, a ningún fan le gusta que el statu quo cambie. La última temporada de El ministerio del tiempo se ha encontrado con la despedida y posterior regreso del protagonista original, siendo sustituido por Hugo Silva, tan guapo que es capaz de hacer temblar el OTP más canónico hasta la fecha, además de un parón más o menos inesperado, según a quién preguntes, que interrumpió la emisión en un momento supuestamente interesante (no estoy muy metido en la comunidad pero para mí iba precedido de los peores capítulos hasta la fecha). Todo esto ha provocado múltiples quejas de la comunidad por las redes sociales (la presencia en Internet de los ministéricos era, irónicamente, algo de lo que se sentían muy orgullosos en Televisión Española) y una polémica respuesta pormenorizada del cocreador y showrunner, Javier Olivares.

En Indie Game: The Movie, el documental sobre el desarrollo de videojuegos "alternativos", se dedicaba una gran porción del tiempo a la historia de Jonathan Blow. Blow había desarrollado Braid en 2008, con una gran ovación de crítica y público y convirtiéndose en una especie de profeta del indie. Sin embargo, a Jonathan Blow no le parecía que la gente estuviese pillando el juego, le daba la impresión de que lo valoraban por las razones equivocadas y dedicaba su tiempo libre y su salud a entrar en foros y corregir a sus propios fans sobre el juego que tanto les estaba gustando. Pronto, por como son las cosas, la gente empezó a meterse con Braid esperando a que su desarrollador apareciese y se volviese loco. Jonathan Blow había pasado de ser un genio para ser una broma.

Creo que en esa deshumanización radica la clave aquí. Yo mismo, y no me siento particularmente orgulloso, realicé una crítica (completamente honesta) en twitter sobre el último episodio con cierta esperanza de que Olivares me respondiese y hacer esta entrada algo mucho más interesante. Yo JAMÁS le diría a algún creador a la cara que su obra no me gusta, me parecen terribles los periódicos abucheos en el Festival de Cannes, pero escribí eso a sabiendas de que él estaba buscando twits con esas palabras. Para mí, Javier Olivares había dejado de ser una persona real, con algún posible complejo que le obliga a mirar lo que completos desconocidos dicen de su serie, para ser otra cosa.

Por un lado entiendo perfectamente, y comparto su actitud, a la gente que comenta en las redes lo que hace, lo que ve y lo que opina pero también soy capaz de entender a alguien que ha defendido un producto que, honestamente, no se parece demasiado a ningún otra cosa que se esté haciendo en España y al que no le agradan las críticas de gente que no tiene ni idea (¿cómo podría?, por otro lado) de las dificultades que se han encontrado en el proceso. Supongo que estamos siendo pioneros en esta clase de dilemas sobre educación y contrato social y todavía no podemos hacer un juicio claro.

miércoles, 20 de abril de 2016

a propósito de la falsedad que puede nacer del acto de lavarse las manos


Cuando en 2012 pasé unas semanas en Inglaterra -algo que entre mi círculo de adolescentes de clase media-alta, estudiantes en colegio privado-concertado y habitantes de la zona norte de Murcia era casi una tradición o un rito iniciático- me ubicaron en la academia a la que asistí en una clase con gente adulta, jóvenes metropolitanos que recientemente habían terminado sus carreras en el mundo de las humanidades o la economía (dos modelos de personalidad fácilmente identificables) y querían ponerse al ritmo del siglo XXI con un inglés británico adecuado para el aterrador mundo laboral. Ante esta situación, mi adolescente psique se vio altamente presionada por no quedar como un niño, un ignorante o un gilipollas delante de esas personas (algunas de las cuales eran, en los momentos más febriles de mis fantasías, posibles objetivos amorosos), lo que me llevó a numerosas situaciones sociales incómodas fruto del "intentarlo demasiado" sobre el que tanto nos ha advertido la ficción sobre adolescentes.

Al segundo día de estar ahí me ausenté del aula en un intercambio para ir al baño y orinar, con tan poco cuidado que mojé levemente (pero de forma completamente visible) la parte baja de la camiseta. Para intentar disimularlo, al lavarme las manos me sequé en la ropa, de forma que la orina quedaba disimulada entre el resto del agua que había mojado mi camiseta (pensando en ello me sale solo definir esta estrategia como "la típica", pero nunca he hablado de esto con nadie, no tengo ni idea de si es una idea inventada por mí o si es de dominio público, como indica su absoluta sencillez). Estuve bastante pendiente a la vuelta del baño y juraría que nadie se dio cuenta de la jugada que había hecho, no hablemos de decirme algo, pero aún así mi agonía psicótica estaba lejos de terminar. A partir de entonces cada vez que iba al baño me veía obligado a volver a usar la camiseta como toalla, independientemente de mi puntería, como si quisiese mostrar que era una persona completamente normal pero con un defecto motriz a la hora de lavarme las manos. Sentía que si de repente mi camiseta salía completamente seca del baño una alarma saltaría en la mente de mis compañeros diciendo "se meó aquel día".

Más allá de estas situaciones, mi estancia en las Islas fue casi demasiado placentera, aunque confieso que todavía hoy pienso en que ya no tengo que pasar por ese estrés y resoplo de tranquilidad. Sin embargo, la pesadilla está lejos de haber terminado. Durante la última semana, como un eco irónico al final de una novela de terror, estoy lavándome las manos MAL (Lo contrario al bien, lo que se aparta de lo lícito y honesto según nuestra RAE) en mis intercambios de clase universitarios, de manera que acabo mojado por todas partes. Como cualquiera puede saber, es inútil intentar secar la ropa con papel de baño de facultad, así que vuelvo a clase con vergüenza en la cara y una voz en mi cabeza.

Lo saben.
Lo saben.
Lo saben.

lunes, 18 de abril de 2016

a propósito de Angry Birds


En el 2009, cuando la fiebre de los smartphones había traído consigo la fiebre de los juegos de móvil (una segunda ola, como mínimo, la gente flipaba mucho con el Snake), Angry Birds fue la superestrella. El juego, si es que alguien en el mundo libre no lo ha jugado, trataba sobre unos cerdos que robaban unos huevos de pájaro. Los pájaros, enfadados, se vengaban de los secuestradores destrozando todo lo que habían construido y asesinándolos (desconozco si al final se hacía referencia a la cantidad de cadáveres que habían dejado por el camino, me aburrí bastante pronto). En su momento recuerdo pensar que el tremendo éxito se debía a alguna clase de catarsis por parte de una sociedad harta de ver cómo se llevaban todo lo que creían que era suyo y que necesitaba una válvula de escape para sus sentimientos revolucionarios, una especie de Club de la lucha para las nuevas generaciones (este pensamiento puede no ser mío propio, puedo haberlo leído en alguna parte, me parece demasiado maduro y complejo para lo tonto que era yo por aquella época pero ya me rayaba bastante en la ESO).

Como he dicho, a mí el juego no me gustó mucho, me parece aburrido y, sobre todo, era realmente malo, pero resonó potentemente entre la gente de mi generación. El muy honorable salón del manga de Murcia estaba lleno de merchandising del tema y he perdido la cuenta de las mochilas que he visto en mis centros educativos, incluida la universidad (!). En wikipedia aparecen citas que lo describen como el juego freemium (al parecer es una palabra) más descargado de la historia y el mayor éxito de una app que hayamos visto. Se han estrenado dos series de animación basadas en el videojuego, Angry Birds Toons y Piggy Tales. Ayer, en el vestíbulo del cine, vi un cartel de la muy inminente adaptación cinematográfica homónima, prevista para mayo del presente año y yo me sigo preguntando: ¿a alguien le importa?

Nuestra cultura excesiva provoca la existencia de éxitos masivos pero de perdurabilidad casi inexistente. La reciente noticia de que James Cameron planea estrenar la segunda parte de Avatar en 2018 y terminar la saga en 2023 (es decir, catorce años después del estreno de la película original) ha llevado a numerosos críticos a comentar su casi invisible poso en la cinematografía a pesar de ser la maldita película más taquillera de la historia. En mi experiencia, Avatar fue una película anunciada de forma absolutamente hiperbólica, hablando de total revolución cinematográfica en una época en la que todavía se hacían comparaciones con Ciudadano Kane de forma no irónica, pero a nadie pasó de gustarle más de lo justo.

Soy incapaz de imaginar la actitud que tendrá un muchacho de catorce años ante Avatar 5: El retorno de la silla de ruedas ni sé si The Angry Birds Movie me gustará a mí o a la chavalada (hay posibilidades, el guionista es Jon Vitti, autor de grandes capítulos de Los Simpson, El show de Larry Sanders y, ejem, las dos primeras de Alvin y las ardillas) pero me da la impresión de que, en este mundo en el que si mi padre me manda un meme sobre la derrota del Barça dos días después del partido yo ya lo veo viejo, el cine simplemente no se hace lo suficientemente rápido para nosotros.

lunes, 4 de abril de 2016

a propósito de las películas de Daft Punk


(La trama de las dos películas de ficción en las que han participado activamente Daft Punk y que se discuten aquí es mínima y casi prescindible, no creo que mis spoilers afecten mucho al disfrute de ellas pero haberlos haylos y en gran cantidad)

Daft Punk son Guy-Manuel de Homem-Cristo y Thomas Bangalter, amigos del instituto que en 1993 empezaron a hacer techno. Son uno de los grupos más exitosos de nuestro tiempo, imprescindibles en la celebración del house francés y en la deriva de lo indie y lo alternativo desde el rock hacia la música de baile. Tras varios años de pseudoscuridad en el aspecto personal, en el 2001 finalmente adoptaron la caracterización de robots y, como J.D. Salinger o Terrence Malick antes que ellos, se apartaron de la vida pública, siendo plenamente conscientes, entiendo, de las contradicciones que conlleva intentar pasar desapercibido o que la gente se centre exclusivamente en la música cuando vas con una máscara metálica (lo que los situacionistas comentaban con lo del espectáculo del rechazo y todas esas movidas).


Como método de liberar sus pretensiones artísticas más allá de la música, en 2003 estrenaron Interestella 5555: The 5tory of the 5ecret 5tar 5ystem (disponible en youtube) como complemento a su ultra-superventas disco Discovery. Interestella es una película de anime (coproducción francojaponesa) producida por Toei Animation (al parecer un estudio bastante mítico, yo de esto sé bastante poco) dirigida por un tal Kazuhisa Takenouchi y escrita por Daft Punk y Cédric Hervert (colaborador recurrente del grupo). Trata sobre un grupo alienígena que lo peta muchísimo con un temazo como One More Time, lo que les lleva inevitablemente a ser secuestrados por un pérfido mánager que les implanta dispositivos de control mental y los somete a diversos procedimientos para que parezcan humanos. La banda (The Crescendolls) es explotada salvajemente hasta que un antiguo fan les libera del control mental y consiguen regresar a su hogar. El subtexto es bastante obvio y la película no deja de ser una serie de videoclips unidos por una trama (no hay diálogos y apenas aparecen algunos efectos sonoros externos al disco) pero plantea algunas ideas divertidas (todos los músicos célebres de nuestra Historia provienen del espacio exterior) y su animación retro es bastante encantadora. Su disfrute depende en gran medida, por tanto, de lo que te gusten Daft Punk y su Discovery, si es posible que exista alguien que no lo flipe con Harder, Better, Faster, Stronger o Digital Love.


Mucho más interesante es su segunda incursión en el cine de ficción, Daft Punk's Electroma (también disponible en youtube, en una versión con buena calidad y otra que parece ripeada de un VHS, es decir, mucho más "fea" pero con una textura bastante guay que le pega bastante [por mí que metan en la cárcel o maten a todos los que suben películas a Internet, eh]), esta vez dirigida por ellos, estrenada en el Festival de Cannes de 2006. El proyecto nace como una sucesión de videoclips para su disco Human After All pero en la película final no aparece ninguna canción del grupo. En Electroma Daft Punk, no interpretados por ellos mismos sino por dos actores con sus ropas, vagan por un mundo de robots y, como en Interestella, se someten a unos procedimientos para aparentar ser  humanos (en una escena magistral y aterradora con un claroscuro potentísimo), fracasando estrepitosamente en el intento y siendo expulsados del pueblo en el que estaban. Tras ello empiezan a caminar por el desierto y, al cabo de un rato, el robot Thomas Banglater pide (o algo así) a su compañero que lo desconecte, explotando de forma espectacular. Al tiempo el robot Guy-Manuel de Homem-Cristo intenta desconectarse a sí mismo después de un conflicto interno expresado sin palabras a través de saltos de eje (es decir, solo hay un robot pero el encuadre hace parecer que hay dos robots iguales mirándose el uno al otro) pero le resulta imposible, por lo que rompe su máscara y utiliza un fragmento de cristal para prenderse fuego. La película no contiene diálogos y está dentro del rollo experimental del Elephant de Alan Clarke o las películas de andar de Gus Van Sant; se resiste a gustar pero puede ofrecer grandes satisfacciones a los amantes del cine contemplativo o los que gusten de ver robots antropomórfos por las arenas californianas.

El discurso de Daft Punk cambia en tres años de a) "somos algo mucho más mágico e interesante que humanos y debemos escapar de ese calificativo" a b) "todos somos robots y nuestro objetivo último es conseguir acercarnos lo más posible a lo humano". El pesimismo del grupo también puede verse en el cambio de los hits synth-pop del Discovery a las canciones mucho más oscuras del Human After All (como Technologic o Robot Rock) y a mí, personalmente, me da bastante mal rollo.