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miércoles, 20 de enero de 2016

a propósito de la propaganda


Por coincidencias del destino, macabros programadores o sincronías jungianas, Televisión Española emitió en dos días consecutivos el paradigmático film propagandístico español Raza, escrito por Francisco Franco, y Malditos Bastardos, quizás el mejor ensayo sobre la potencia bélica de una película. Quisiera ser el abogado del diablo y defenderla como si fuese Sid Vicious llevando una camiseta con la esvástica estampada pero no puedo engañar a nadie, Raza es una película terrible, desastrosa en guión y realización, llena de los elementos más abstractos y desagradables de la ideología franquista y, vista en 2016  (claro está), resulta absolutamente ineficaz como artefacto propagandístico -por amor de Dios, el discurso final no lo realiza El Chico sino un republicano converso (!!!). La película fue programada dentro del espléndido programa Historia de Nuestro Cine con toda la razón del mundo (a pesar de ciertos comentarios despectivos por parte de la izquierda más desnortada) ya que forma parte de nuestra historia pero es, definitivamente, una mala película. Por otro lado, Malditos Bastardos, y aquí también sigo la línea de pensamiento general, es una grandísima película que en última instancia nos habla del papel de la cinematografía como elemento armamentístico (superando cualquier clase de sutileza en el planteamiento, es el cine lo que literalmente asesina a la cúpula nazi) y, también, como elemento capaz de alterar la realidad y, por lo tanto, la historia.

La unión de estas dos películas en un espacio temporal tan mínimo me hizo querer dedicar una entrada al cine de propaganda y, en mi afán de traeros reflexiones bien fundadas, decidí enfrentarme al gran clásico del cine nazi, la obra maestra de la pionera del documental Leni Riefensahl El triunfo de la voluntad cuando, por extraña inspiración, me di cuenta del paralelismo que se establece con otra de las grandes películas para masas: La guerra de las galaxias.

 El título de la película,
 un texto que nos coloca en situación
y, finalmente, el plano aéreo de un avión.

Esto es, definitivamente, una coincidencia, nadie jamás en el mundo libre se atrevería a homenajear a esta película en particular pero es curioso, sobre todo teniendo en cuenta que George Lucas fue expulsado del Sindicato de Directores de América (DGA) por querer empezar así, en lugar de con los créditos iniciales, el estándar por aquel momento. La simbología nazi ha sido utilizada potentemente en la última entrega de la saga (El despertar de la Fuerza) pero todo parece indicar que Lucas relacionaba el Imperio Galáctico más con Nixon, los Estados Unidos y su intervención en Vietnam que con la Segunda Guerra Mundial (aunque, curiosamente, el primer montaje que se enseñó a los ejecutivos de 20th Century Fox, antes de que los efectos especiales estuviesen listos, sustituían las escenas de combate entre naves por imágenes aéreas de la Segunda Guerra Mundial).

Sin embargo sigue siendo interesante fijarse en los puntos que unen ambas películas. El triunfo de El triunfo de la voluntad es, ejem, su voluntad nacionalsocialista: el único motor de esta entretenidísima película en la que realmente no pasa nada es la pura convicción ideológica del equipo de realizadores; al contrario que con Raza, que nos hace preguntarnos cómo ese hombre pudo convencer por tanto tiempo a un país, El triunfo de la voluntad nos obliga a pensar si era posible no ser nazi en Alemania en 1934, si existía alguna ideología alternativa que realmente pudiese resultar válida. De forma análoga, y según el libro de Peter Biskind Moteros tranquilos, toros salvajes, George Lucas tuvo que ser realmente persistente en que los actores de su película evitaran cualquier clase de ironía a la hora de recitar esos diálogos que consideraban tan ingenuos, fantasiosos y, desde luego, alejadísimos de cualquier película que se estuviese haciendo en Estados Unidos en esos años (como muestra, los nominados al Oscar a Mejor Película del año anterior al estreno de Star Wars fueron Todos los hombres del presidente, Rocky, Taxi Driver, Network y Esta tierra es mi tierra); tuvo que insistir para que hablasen de cosas como "la Fuerza" como el resto de actores hablaban de problemas políticosociales y conflictos psicológicos. Esto le costó horrores (de hecho dejó la dirección de cine hasta el 99) pero podemos decir que fue bastante exitoso y, así, a través de la convencimiento absoluto en lo que estaba haciendo, cautivó a todo Occidente al igual que Leni Riefenstahl había logrado cautivar a toda Alemania para la Causa Nacionalsocialista. No deja de ser gracioso que mientras los punks se pintaban esvásticas en sus chaquetas, Star Wars se convertía en una de las piezas culturales más importantes de nuestra historia reciente.

jueves, 7 de enero de 2016

a propósito de JFK


Existe una Verdad más allá de lo que nosotros conocemos. Esta Verdad es accesible a nosotros, pero está escondida entre millones de expedientes, actas, boletines y sumarios. Esta suerte de neo-neoplatonismo postmoderno tiene a su mesías perticular en la figura de Jim Garrison, fiscal de Nueva Orleans cuya cruzada contra la Versión Oficial, la Comisión Warren y, eventualmente, toda Persona Importante en los Estados Unidos por el asesinato de John Fitzgerald Kennedy queda retratada en On the trail of the assassins (que en mi edición en castellano ha sido traducido por JFK) y en la célebre película JFK, de Oliver Stone. Garrison leyó todos los expedientes disponibles sobre el caso minuciosamente y detectó numerosos fallos a lo largo del arresto de Lee Oswald, el caso omiso a testigos que se apartaban mínimamente de la teoría del lobo solitario que dispara desde el almacén de libros de texto (y la posterior muerte en circunstancias sospechosas de muchísimos de estos testigos). La investigación le llevó a concluir que el asesinato había sido coordinado por Clay Shaw, jefe de la cámara de comercio de Nueva Orleans y presunto agente de la CIA (actualmente sabemos que, efectivamente, lo era), que Oswald era un agente secreto que había sido utilizado como cabeza de turco y que esta operación había sido llevada a cabo por todas las agencias de inteligencia de Estados Unidos, dominadas por interesas militaristas, para perpetuar la continuidad de la Guerra Fría. Garrison llevó a juicio a Clay Shaw, fue ridiculizado nacionalmente como un pirado y acusado de usar métodos ilegítimos para lograr declaraciones (en youtube hay varias entrevistas televisivas de la época muy interesantes); también movilizó una gran campaña de objetores de la Versión Oficial, entre los que se incluía el filósofo, matemático y activista Bertrand Russell, con el apoyo de los cuales el proceso pudo sostenerse. El jurado consideró que Clay Shaw era inocente y que las teorías de Garrison eran demenciales. Jim Garrison es, personalmente, un héroe, y por eso releo pasajes de su libro y vuelvo una y otra vez a la película, por ser un idealista que a pesar de recibir golpes de todos los lados y descubrir la cara más sucia de la política norteamericana no se dejó vencer por el cinismo y siguió creyendo en esa Verdad que, por un momento, el había estado a punto de tocar.

Pero hoy, siete de enero de dos mil dieciséis, es bastante irrelevante el quién o el por qué del comentadísimo magnicidio; Jim Garrison sigue siendo importante porque fue el primer hombre que captó la idea y el sentimiento general de descontento con el poder que habitaba en el inconsciente colectivo que culminó en el Watergate y, lejos de corrientes subterráneas (véase la Iglesia del Discordiandismo, cuyo texto fundacional fue fotocopiado para ser distribuido en la misma fiscalía de Nueva Orleans y muy relacionada con The Illuminatus Trilogy, una novela satírica en la que por primera vez se propone que el mundo está regido por una sociedad secreta llamada Los Illuminati), llevó el pensamiento alternativo a los hogares de todo Estados Unidos. Llevó la conspiración al mainstream, algo que todavía no ha cambiado. Sin el juicio a Clay Shaw no existe el Watergate, los thrillers de los 70, El arco iris de la gravedad, el movimiento truther sobre el 11S o el escándalo del NSA.

Precisamente Thomas Pynchon habla en su última novela, Al límite, de que más allá de la versión oficial, es mejor mirar "en los márgenes, en los grafitis, en las expresiones involuntarias, a la gente que tiene pesadillas y grita en sueños cuando duerme en espacios públicos". Mucho más interesante para entender el presente son los vídeos de JL de mundodesconocido.es que ver Informe Semanal. La moda de teorías reptilianas e illuminatis no hace más que evidenciar el problema actual de clases bajas que ven como, a pesar de un supuesto estado de derecho con las garantías que ofrece la democracia, son incapaces de mejorar su situación; de alguna manera como cultura sabemos que, sean extraterrestres o élites multimillonarias (algo, lamentablemente, mucho más probable), los representantes que elegimos no son los que gobiernan realmente. La extensión de las ideas sobre alienígenas ancestrales no es más que una búsqueda de alguna clase de sentido teológico en un mundo en el que el empirismo ha obtenido una expansión casi total. Nos entendemos a nosotros mismos a través de las conspiraciones que creamos, encontramos sentido a la entropía endémica del universo mediante relatos más o menos complejos que expliquen de alguna forma la cadena de causalidad. Jim Garrison pudo tener más o menos razón pero sacó a su país del trauma de la muerte de JFK y conjuró así nuestra moderna mitología, la última manera en la que nos hemos acercado a lo inabarcable del universo,

(pero lo de la bala mágica sí que no se lo cree nadie)

domingo, 3 de enero de 2016

a propósito del solitario


Desde noviembre del 2014 he jugado 3431 partidas al solitario klondike de Windows 8 y he ganado 605 de ellas (la foto es un poco antigua), lo que según unos cálculos muy rudimentarios me da unas 8,7 partidas diarias. Las veces que haya jugado antes es un dato que solo podría conocer alguna entidad omnisciente pero recuerdo con mucho cariño la versión incluida en el XP de sobremesa que le compraron a mi hermana por su comunión en el 2002 y que mantuvimos sin conexión a la red durante más de un año por mucho que a mi cerebro de 2016 le cueste entenderlo. También recuerdo jugar de forma regular durante los cursos extraescolares de informática que realicé durante la primaria en los que únicamente aprendí a mecanografiar de una forma que impresiona a desconocidos y les hace pensar que sé mucho más de ordenadores de lo que sé (ni siquiera aprendí a jugar bien al solitario, para eso tuve que esperar hasta primero de bachiller, cuando aprovechaba cualquier distracción del profesor de informática de acento confuso para jugar compulsivamente, actitud que he mantenido hasta el día de hoy).

Ningún videojuego (como muchísimo el Portal y su secuela y desde luego de una manera muy distinta) me ha obsesionado tanto como este ni he pasado tanto tiempo intentando desentrañar los misterios de su funcionamiento. Una simple búsqueda en wikipedia me hace conocedor de Wes Cherry, becario en Microsoft durante la creación del Windows 3.0 en 1990 que programó el juego, no recibió nada de dinero a cambio y aparentemente ahora se dedica a la manufacturación de sidra (!) y de Susan Kare, la diseñadora que creó las icónicas barajas clásicas y que tuvo un gran peso en el primer Macintosh (y que actualmente vende posters de sus diseños por hasta quinientos pavos, por si alguien se siente generoso). Estas dos personas son culpables de mi entretenimiento y podría pasar horas leyendo sobre sus vidas, aunque lamentablemente internet ofrece bastante poca información.

¿Por qué el solitario? Creo que he dado con la respuesta a por qué para mí es tan importante. Mi modo de juego es algorítmico, he estudiado las cartas durante mucho tiempo y actúo de forma mecánica; por supuesto, este algoritmo está lejos de ser perfecto (mi 18% de victorias es triste testimonio de esto) y sufre revisiones periódicas y detenidamente reflexionadas. Por supuesto, no puedo obviar el factor humano: por un lado yerro continuamente e intento mejorar en ese aspecto aunque todo indica que con noventa años seguiré cometiendo errores absolutamente demenciales y, por otro, suelen aparecer dilemas no resueltos por el algoritmo regidor, momentos en los que (aparentemente, probabilísticamente) da igual mover la carta de la derecha o la de la izquierda, momentos en los que es necesario tomar una decisión e intentar no pensar en el camino no tomado sino centrarse en arreglar todo el lío que has formado hasta que no quedan movimientos posibles ni probables y toca empezar de cero otro puzle que probablemente tenga un destino último similar.

Así que sí, como metáfora de la vida me parece que está bastante bien.