martes, 26 de julio de 2016

las movidas del cine: a propósito de Castaway on the Moon (2009)


De los géneros menos valorados, quizás la comedia romántica sea el peor valorado de todos. La obsesión de sus responsables por hacer de las comedias románticas películas que te hagan sentir bien (un bien como el de las canciones de los anuncios o la hamburguesa de un euro del macdonalds, no como uno se siente bien cuando ve Manhattan, una comedia romántica llena de personajes detestables que no pretende hacerte sentir bien en ningún momento) ha llevado a la creación de una fórmula con sus inevitables lugares comunes y con un código moral bastante conservador. En el siglo XXI el género ha intentado renovarse y huir de los convencionalismos a través del retrato de las historias de amor entre personajes outsiders o de mentalidad divergente que no suelen (o solían) protagonizar películas. En los tiempos del individualismo más fuerte, el público ha acudido en masa a ver enamorarse a gente única, desde la subcultura hipster o indie en Alta fidelidad o (500) Días juntos a la gente fea, gorda y deforme de Amor ciego. Sin embargo, esta clase de argumentos ya se han convertido en un cliché más y actualmente si eres arquitecto o músico y te enamoras de la regente de una pastelería puedes tener bien claro que tu realidad no es tal y vives en una comedia romántica.

Castaway on the Moon no es ajena a todos estos tópicos pero, precisamente por ello, es sorprendente lo que se aleja de la sensación de monotonía que suele ofrecer el género. Realizada en Corea del Sur, quizás el país que actualmente mejor combina la calidad con el entretenimiento de masas propio de una cinematografía comercial (soy más bien ignorante en su cine pero es inevitable recomendar dos películas de Bon Joon-ho, Crónica de un asesino en serie y The host), trata de un oficinista deprimido que un día decide suicidarse tirándose de un puente, pero el destino decide arrastrarle a una pequeña isla junto a la ciudad. Su teléfono móvil queda intacto pero no tiene absolutamente a nadie a quien llamar para pedir ayuda así que se queda ahí y comienza una nueva vida a modo de náufrago. Un día es descubierto por una chica agorafóbica a la que le gusta realizar fotografías a través de un telescopio y comienzan a comunicarse por extraños medios.

La trama es bastante previsible (de hecho me he planteado seriamente incluir determinados puntos concretos en este post) pero la humanidad y el surrealismo con el que está tratado crean una película entrañable. Todas las ideas críticas sobre el amor en el sentido tradicional desaparecen cuando ves a estas dos personas curarse mutuamente. No, no es nada especialmente original, pero enamorarse tampoco lo es.

miércoles, 20 de julio de 2016

las movidas del cine: a propósito de The Room (2003)


Existe la idea en la crítica cultural tanto profesional como coloquial (y me temo que le queda mucho para desvanecerse) de que una película puede ser tan mala que acabe siendo buena. Esta clase de justificación de un disfrute más o menos irónico pierde sentido cuando aceptamos que la obra y el autor son entidades separadas. Cervantes escribió el Quijote como una parodia y no como una reflexión metafísica, Kafka pidió a su amigo que quemase sus escritos (inéditos) tras su muerte por vergüenza y Woody Allen piensa que Manhattan es su peor película. Una película nunca puede ser tan mala que es buena, en todo caso será buena por razones distintas a las pretendidas por los autores.

The Room suele considerarse una de las peores películas de la historia. Escrita, dirigida, producida y protagonizada por Tommy Wiseau, trata sobre el triángulo amoroso entre Johnny, Lisa (su prometida) y Mark (amante de esta y mejor amigo de Johnny), intercalado con tramas sobre tráfico de drogas o cáncer de mama que no llevan a ningún sitio claro. La película costó 6 millones de dólares financiados íntegramente por Wiseau (nadie sabe de dónde los sacó) y su turbulenta producción ha sido objeto del libro The Disaster Artist, en el que está basada la película The Masterpiece, dirigida por James Franco. Fue promocionada casi exclusivamente por una valla publicitaria en Hollywood que permaneció ahí durante cinco años con un coste de 5000 dólares al mes. Su éxito fue inexistente durante un tiempo pero pronto labró un pequeño culto que disfrutaba de sesiones con participación del público al estilo de las de The Rocky Horror Picture Show. Varios cómicos famosos celebraron esta rareza absoluta pero los principales valedores de The Room fueron Tim Heidecker y Eric Wareheim (famosos sobre todo por el programa de sketches de Adult Swim Tim and Eric Awesome Show, Great Job!, en el que llegaron a contar con Wiseau en alguna ocasión).


Fue en la extraña sensibilidad cómica de Tim and Eric y Adult Swim, con un humor basado en la incomodidad y en los chistes sin final gracioso o inesperado, donde The Room encontró finalmente la acogida que tiene ahora mismo. "El Ciudadano Kane de las películas malas" era ahora algún tipo de clásico y Tommy Wiseau hasta dijo que su intención era en todo momento la de realizar una comedia negra y no un melodrama romántico (algo a lo que nadie hizo demasiado caso). El caso es que The Room es una película muy divertida para cualquiera dispuesto a reírse de actuaciones terribles o diálogos improbables, pero va mucho más allá. Hay que atesorar The Room porque es una película que no se parece a ninguna otra (a ninguna narrativa, al menos), una película con una concepción del relato completamente ajena a la experiencia humana normal, The Room parece el resultado de un extraterrestre intentando reflejar el drama humano sin tener ni idea de lo que está haciendo, mezclando formatos de vídeo y sin saber cómo contar una historia porque la realidad, al fin y al cabo, no es una historia. The Room es la gran película sobre no entender nada de lo que está pasando.


jueves, 7 de julio de 2016

las movidas del cine: a propósito de Smithereens (1982)


Desde que con unos ocho o nueve años le cogiese el MP3 a mi hermana y me muriese de miedo escuchando Anarchy in the UK de los Sex Pistols, el punk siempre me ha obsesionado. Por alguna razón, probablemente porque mi círculo ha estado tradicionalmente alejado de toda esa corriente, nunca me he definido o intentado definirme como punky, aunque sí que fui anarquista convencido durante gran parte de mi preadolescencia y ha sido prácticamente la única música que he escuchado en varios puntos de mi vida. Me encantan los punkies, más los que son un poco simples y no saben bien qué están haciendo (la mayoría, en realidad) que los que están muy enfadados con Todo, cuando he tenido la oportunidad de relacionarme con alguno siempre ha sido una experiencia bien atesorada en mi corazón, supongo que porque representan el sueño no vivido.

Llegué a Smithereens a través de una lista de películas feministas esenciales y me llamó inmediatamente la atención por tratar de una joven punk en esa Nueva York en ruinas de principios de los ochenta tan fascinante, Richard Hell (miembro de los Television, los Heartbreakers y los Vodoids) sale en ella y eso me hubiese parecido motivo más que suficiente para verla en otro momento de mi vida. En Smithereens, una chica, Wren, peleada con sus padres e intentando conseguir éxito en Nueva York monetizando de alguna manera la escena punk, haciendo un grupo o siendo mánager de algún otro, conoce a un retratista que vive en una furgoneta y que la sigue buscando entablar alguna relación con ella ya que no conoce a nadie en la ciudad (esto suena bastante siniestro pero es un buen tío). Wren sufre la serie de catastróficas desdichas que suelen derivar de la falta de dinero, lo que la lleva a compartir dormitorio (un dormitorio en el interior de una furgoneta en un descampado atestado de prostitutas) con este chico.

Cuando hablas un rato con un punk, no es raro que, de repente, te cuente alguna cosa complicada (o complicada para nuestras ideas burguesas, claro) sin darle demasiada importancia. Smithereens es, a la vez, una especie de comedia romántica sobre la loca vida en el Greenwich Village y una desmitificación bastante fuerte de la fantasía de ser pobre, tonto y estar solo. El tono más bien desenfadado que ha llevado la película durante casi toda su duración contrasta con un tramo final en el que se nos señala que no todo en esa vida es diversión. Hay quien habla de esta clase de moraleja como reaccionaria o capitalista pero yo creo que señalar que el dinero  importa y que la gente sin techo sufre de verdad no es un mensaje para nada alineado con el Sistema.

Hay muy poca información de esta película en Internet, fue la primera de Susan Seidelman (diría, una de las directoras que más éxito han conseguido) y, según Wikipedia, la primera película independiente norteamericana que se estrenó en Cannes. La protagonista, una actriz realmente encantadora, una persona a la que da gusto ver haciendo cualquier cosa ha salido en un par de cosas más y tampoco estoy muy seguro. Me costó bastante encontrarla en Internet y descargarla, así que he hecho la heroicidad de subirla a Youtube con subtítulos en castellano para facilitar el acceso a las hordas de seguidores de este blog y a algún despistado más.


martes, 5 de julio de 2016

a propósito de las últimas películas de Pixar


Ligerísimos spoilers de Del revés y Buscando a Dory

Supongo que a muchos les molestará la idea de que la concienciación por la salud mental está de moda (igual que el feminismo, por ejemplo, está de moda), supongo que porque habrá gente que considere que la lucha por la desestigmatización de esta clase de cuestiones, tan serias y tan dolorosas, es mucho más que una "moda" o le molestará las connotaciones de "moda" que indican que, en algún momento, se pasará de moda y volveremos a los oscuros días del electroshock, etcétera. No sé, hay perspectivas comprensibles (toda masivización de un fenómeno lleva a la frivolización del mismo, eso diría que es innegable) pero creo que el mismo objetivo del movimiento pasa por la concienciación; no tiene sentido que estés muy enfadado en tu casa si una chavala de quince años a dos pueblos de aquí hace alguna tontería porque no entiende del todo lo que está sintiendo. Si para conseguir intentar entender mejor al prójimo tenemos que pasar por carteles de Mr. Wonderful, pienso que merecerá la pena.

La prueba de que es una idea cada vez más popular es que Pixar, quizás la empresa que mejor ha conectado con el Occidente del siglo XXI, ha dedicado sus dos últimos productos, Del revés y Buscando a Dory, a profundizar en ella (vale, El viaje de Arlo está entre esas dos pero es un proyecto antiguo, en 2011 anunciaron que iba a ser estrenada en 2013 y fue retrasándose desde entonces, no dejemos que los dolorosos avatares de la realidad nos estropeen una teoría más bien pulcra y bonita).

Del revés habla de los conflictos que produce en una preadolescente una mudanza a través de la personificación de cinco emociones básicas. La película ha sido muy criticada por, entre otras cosas, el aspecto que da a la mente humana: en opinión de determinados críticos, simplificar la complejidad emocional ya es, de por sí, un acto de escasa moral. Representarla de forma análoga a la de una fábrica en un producto dirigido a los niños ya es un ejercicio de adoctrinamiento neoliberal. Hablar de la mente (el punto de origen del individuo y de la creatividad) como una gran y compleja empresa (negadora de ambas ideas casi por definición) es (o puede ser) realmente terrorífico. Estas críticas me resultan completamente legítimas, pero creo que rechazar la actitud de Del revés de pleno es un error. Lamentable o afortunadamente, nunca veremos en el cine un ensayo psicológico real, si pretendemos comunicar ideas es necesario ceder en determinados aspectos. Del revés sigue siendo, probablemente, la única película en la que el clímax consiste en la depresión de una niña (algo que es equiparado al derrumbe de una ciudad), la única en la que unos padres no paran de tomar decisiones erróneas sin querer (y sin ser juzgados por ello) y la única que enseña que la felicidad y la tristeza van de la mano SIEMPRE en esta vida (bueno, esto es más típico y ya estaba, como mínimo, en Shut Up and Play the Hits). Nos queda mucho para saber si podemos hablar de un impacto real de esta película en la inteligencia emocional de las generaciones venideras, pero yo estoy seguro de que me hubiese gustado mucho verla con ocho años, seguramente parecido a como me gustó con dieciocho.

Ojalá se me hubiese ocurrido a mí que Buscando a Nemo trata sobre tres discapacitados (Nemo es discapacitado físico, Dory es discapacitada mental y Marlin es discapacitado emocional [no me acuerdo de quién es la idea, casi seguro que de algún crítico norteamericano]). Buscando a Dory se centra, lógicamente, en el personaje más querido de la película original, no tendría sentido hacer una secuela nostálgica ¡trece! años después sobre alguno de los tiburones de los Doce Pasos. Pese a que cuesta ver en la película alguna intención clara, resulta curiosa la cantidad de personajes con problemas que aparecen: la ballena miope, la beluga con una deficiencia psicosomática en su ecolocalizador, el pulpo de siete tentáculos, el ave y el león marino con un probable retraso mental... y cómo todos estos personajes superan las concepciones que han visto sobre ellos por los demás o ellos mismos para lograr objetivos. El aspecto de dependiente de Dory se ve acentuado en base a los flashbacks en los que vemos la preocupación de los padres ante la problemática de su hija. Buscando a Dory es, diría, infinitamente inferior, pero si estás mínimamente concienciado con esta clase de temas o has vivido alguna cuestión remotamente parecida es bastante difícil no emocionarte fuerte con Marlin aprendiendo cómo tratar a su amiga o Dory autoculpándose de lo que le está pasando.

Es absurdo decir que el éxito de ambas películas es a causa de haberse subido a la ola de la salud mental, sobre todo teniendo en cuenta que Pixar ha sido el estudio cinematográfico que más y mejor han sabido crear una imagen de marca (es decir, todo el mundo sabe qué clase de película va a ver de igual forma que uno sabe más o menos que película va a ver cuando va a ver la última de Wes Anderson), pero precisamente su habilidad para apelar, seguramente a través de complejos estudios mercadotécnicos, a las inquietudes de los niños y padres desde mediados de los noventa nos indica que fijarnos en los temas que abordan puede decirnos mucho de nuestro mundo. Afortunadamente podemos verlas y pensar en ellas, pero también podemos disfrutarlas.

las movidas del cine: a propósito de La mamá y la puta (1973)


No tiene mucho sentido, creo, hablar de la "honestidad" de un producto cultural. No tiene sentido, y yo caigo mucho en esto, indagar en los entresijos de la vida del artista para intentar añadirle mayor profundidad o empaque a la obra en sí. Cuando hablamos de "genios" (normalmente atormentados por la enfermedad, la pobreza, etcétera) como Basquiat o Daniel Johnston hablamos más de personalidad más que de obra en sí. Nos gusta el cotilleo, nos gusta hablar de que Paul Schrader escribió Taxi Driver mientras se divorciaba de su mujer y vivía en su coche como si eso la hiciese algo mejor.

Jean Eustache se suicidó ocho años después de estrenar La mamá y la puta, con cuarenta y dos años y habiendo dirigido dos películas. Cuenta la leyenda que en la puerta de la habitación de hotel donde se disparó puso un cartel que decía "Llame fuerte, como para despertar a un muerto". Hay que intentar no pensar en esas cosas.

En 1973 Eustache presentó La mamá y la puta en el festival de Cannes entre abucheos de críticos que no toleraban la idea de una película de tres horas y media que consta casi de forma exclusiva de diálogos sobre sexo. El diario Le Figaro la llamó "un insulto a la nación", Téle-7-Jours dijo "un monumento de aburrimiento y un Himalaya de pretensión" y ahora mismo suele considerársela la mejor película francesa desde los años sesenta. La película consiguió finalmente el Gran Premio del Jurado, si hay algo que se puede alabar de Cannes es que, generalmente, son infinitamente más modernos que los pobres de espíritu que se dedican a abuchear.

La película trata de un chaval, Alexandre, que se dedica a vagar por París hablando con chicas, intentando olvidar a un amor en particular, rememorando nostálgicamente el sueño del Mayo del 68... cuando conoce a Veronika, una enfermera de origen polaco con escasa vida social que cae pronto en la verborrea eminentemente francesa de Alexandre. Alexandre vive con una mujer con la que tiene una relación liberal bastante compleja y que pretende finjir que le da igual que Alexandre se acueste con otras. La mamá y la puta hace referencia a la idea freudiana de que los hombres tienden a considerar a las mujeres como "madres" o como "putas", que no pueden desear sexualmente a aquellas a quienes aman y que no pueden amar a aquellas a quienes desean. La realidad es, por supuesto, que ninguna puta es tan puta ni ninguna madre tan madre, y los momentos finales (que en esta película puede ser fácilmente la última hora), cuando Alexandre deja de hablar de una vez y se para a escuchar lo que las mujeres de su vida tienen que decir, pueden ser de los más impresionantes de la historia del cine.

La mamá y la puta es bellísima, su blanco y negro es limpio pero sin dejar de tener textura amateur. Diría que es bella a pesar de Eustache, que está empeñado no sé si en intentar ser honesto pero desde luego en parecerlo. Me da igual si lo que cuenta esta película es verdad, lo que sé es que Alexandre, Veronkia y Marie y lo que les pasa es más real que la realidad.

Como he dicho, es una película francesa de 220 minutos en la que prácticamente solo se habla, entiendo que pueda parecer poco atractiva pero recomiendo DE VERDAD que se le de, al menos, una hora. No sería, ni mucho menos, la primera vez que a un espectador desganado le cambia la vida La mamá y la puta. Está en youtube aquí en una grabación vhs del canal plus de hace cien años y aquí en buen calidad pero con subtítulos en inglés. Si alguien me conoce puedo pasársela en HD con subtítulos en español a falta de que la editen por aquí o algo aunque por mí que se mueran todos los que piratean películas.